Monótona era su vida. Nada cambiaba. Todo era igual, aburrido, desesperante. Buscaba su futuro y no lo encontraba. Miraba su presente y se hundía más aún. No le gustaba, no le llenaba. El color había desaparecido, y los segundos devoraban los buenos momentos, sin dejarle disfrutar de ellos. Cada noche, cuando el Sol se escondía y la Luna salía a pasear, pensaba en su bonito pasado, ese que ya no estaba, que se había ido dejándole algunas imágenes y lágrimas acumuladas.
Un día, mientras dormía, alguien llamó a la puerta. Eran cientos de recuerdos dispuestos a coserse a su piel. Entraron sin permiso, y se unieron a ella. Invadieron su mente, su presente, su consciencia, su razón. La necesidad por volver atrás, por revivir el pasado, renació. Hacía fuerza por retroceder, pero no podía. Así que empezó a correr sin rumbo, en busca de cualquier cosa que le permitiese dar un paso atrás, abandonar el presente, volver a su pasado. Corriendo sin sentido, llegó a un precipicio. No podía avanzar. No había salida. Mientras observaba detenidamente todo lo que le rodeaba, el corazón empezó a latirle más y más rápido. Sintió un dolor insoportable, los latidos eran como puñaladas de odio. Su corazón cogía cada vez más fuerza, quería volver atrás, y le presionaba para que buscara una forma de hacerlo. Cada latido era más insoportable que el anterior. Necesitaba liberarse de ese sufrimiento. Se miró la mano. Dejó la mente en blanco, y se arrancó el corazón.
Por un momento creyó haber hecho lo correcto. Ya no podía sentir el deseo de volver atrás. Pero levantó la vista y lo vió. Su pequeño fabricador de latidos estaba volando a su alrededor. Se quedó inmóvil, observándolo fíjamente sin saber que hacer. Miró a su alrededor. Sólo había odio. ¿Dónde estaba esa felicidad de la que tanto había oído hablar? Se asomó por el precipicio. Tal vez estaba allí, escondida. De repente su corazón empezó a gritarle. ¡Salta y sé feliz! - decía. Sin pensarlo demasiado, abandonó el temor y saltó.
Había muerto por encontrar la felicidad. Pero miró a un lado y a otro, y allí no había nada. Ni sonrisas, ni bonitas palabras, ni alegría. Nada. Tan sólo más llanto, más dolor, más odio. Hizo caso a su corazón, y salió perjudicada. Había sido engañada, ya no había marcha atrás. Se le fue la vida en un suspiro.
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