He perdido tantas cosas en este mundo de papel, que ya no caen ni lágrimas, ya no llueve rabia. Tan sólo impotencia, o tal vez indiferencia. Unos nubarrones negros rodean mi ser, más no me importa. Son mis amigos, mis compañeros. Me han mordido demasiadas veces el alma, tantas, que he acabado cosiéndola, para que no se pierda mi esencia, para que no vuelen mis entrañas. He llorado sangre, he escupido odio. He hecho tantísimas cosas que ya no me queda nada. He quemado lo poco que tenía, lo que siempre había querido, lo que nunca más querré. Estoy vacía, sin dueño, sin esclavo. Soy amante de un arma suicida, que cada mañana me susurra al oído que le haga caso, que ya no hay nada más allá del túnel, que no siga buscando. Es perder el tiempo. Mejor matarlo, antes de que nos consuma.
Mi pequeña arma me da un beso en la cabeza. Y lo saboreo con gracia, hasta que la dulce bala se incrustra en mis recuerdos. Veo mi vida pasar, y los nubarrones negros me observan extrañados, pero no hacen nada para salvarme. Quieren hacerme ver que no les importo, pero mientras voy desangrándome, puedo ver cómo a uno de ellos le cae una lágrima. Al menos alguien me echará de menos.
Deja que ese alguien te eche de menos, que sufra, que llore, pero mientras tú entonces... sé feliz, mereces serlo, que viva la vida.
ResponderEliminar