El cuco ya no canta. Se niega a salir de su pequeña cabaña, y ya no tengo vecino que me preste azúcar para aliñar mis sueños. El viento ya no me balancea. Últimamente peso más que antes, y eso que sólo como recuerdos caducados. Demasiada inteligencia para un poco de aire. O demasiada estupidez. El sol ha censurado sus rayos. Mi piel le repugna, le provoca arcadas, le despierta el instinto suicida. Mi cuerpo se ha vuelto gris y oxidado, como los latidos que un día grité por algún sujeto que ya descansa en mi intestino. He oído los cuatro acordes de la única canción que conocía, que me hacía compañía. Me vuelve a visitar la soledad, mi querida soledad, acompañada de mis nervios, que no dejan de morder mis entrañas, de arañar mi alma. El jodido cuco ya no canta, mi jodido corazón tampoco. Y la muerte me vicia. Y la vida me desquicia.
azúcar.
ResponderEliminar.