"Realmente no sé que hago aquí, si mis palabras no hacen reír a nadie, si mis colores no alegran sus miradas, si mi felicidad no gana un pulso a su tristeza. Ya no valgo, ya no importo. Y no hago nada para evitarlo. Sólo llorar lágrimas de impotencia, calmar mi dolor con sucias mentiras. Me cuento historias que nunca existieron. Me hago creer que los niños sonríen a mi paso, que soy esa pizca de felicidad que todos necesitan. Mentirse está bien, en dosis reducidas. Ha llegado el momento de descubrir mi verdad. Vivo en la ciudad gris, donde sólo se respira tristeza. Para nada sirven mis colores, mis globos, mi nariz roja, mis zapatones, mi enorme peluca. Son personas tristes, les gusta serlo, y no hay más.
¿Qué pinto aquí, en una ciudad sin luz ni alegría? Nada. Intenté dar pinceladas de color a cada calle, a cada mirada, a todas las sonrisas. No obtuve ningún efecto. La pintura se perdía con la caída de sus lágrimas. No la saboreaban, ni siquiera lo intentaban. Seguían sumergidos en su mundo gris, sin mirar hacia delante, siempre observando el sueño. Perdidos, sin rumbo, sin aspiraciones, sin nada por lo que luchar. Quise cambiar su filosofía de vida, pero fue imposible. Me doy por vencida. No hay nada que hacer. Sigo llorando como una niña sin piruleta. ¿Qué más da? A nadie le importa. Poco a poco mis fuerzas huyen con los segundos. ¿Para qué quiero seguir viviendo? La felicidad era mi única amiga, pero ellos, todos ellos la han matado. No me quedan valores por los que seguir. Quise hacerles luchar, y nadie lo intentó. En esta ciudad oscura no hay sitio para una payasa con ganas de gritar alegría. La salida cobarde me llama."
Y en el fondo de un callejón oscuro, se escuchó una escandalosa risa, seguida del eco de un disparo. Todos lloraron su muerte, pero nadie la echó de menos. La ciudad oscura no entendía sus risas. Realmente, no supieron apreciar aquello que habían perdido, la única gota de color escondida en esos muros.